Hay lugares en el mundo que, cuando llegas, tienes la sensación de que ya habías estado allí antes. No porque los conozcas de verdad, sino porque los has vivido mil veces a través de una pantalla. Y eso es exactamente lo que me pasó en Oahu, en Hawaii, cuando pisé por primera vez aquel paisaje tan verde, tan inmenso, tan… imposible.
Hacía años que tenía grabadas en la memoria las imágenes de Jurassic Park. No solo como una película, sino como una especie de mundo paralelo, un lugar mítico. Aquella selva espesa, las montañas, el cielo cambiante, el aire cargado de humedad… Todo tenía un punto de misterio, como si en cualquier momento tuviera que aparecer un helicóptero sobrevolando el valle o un rugido lejano saliendo de entre la vegetación.
Y el día que decidí ir a buscar ese escenario real, noté una emoción extraña. No era solo ilusión. Era una mezcla de nostalgia, respeto y esa sensación infantil que tienes cuando estás a punto de ver algo que te marcó de pequeño.
Cuando llegué a la zona donde se rodaron varias escenas de Jurassic Park y algunas de sus secuelas, me quedé quieto. Literalmente. Unos segundos sin hacer nada. Solo mirando. Y pensé: “Es aquí”. Y lo más fuerte es que no lo decía como quien reconoce un lugar turístico… sino como quien reconoce una parte de sí mismo.
El paisaje no necesita ningún efecto especial. Es tan brutal que entiendes por qué Hollywood vino hasta aquí. La naturaleza en Oahu tiene algo que no es fácil de explicar: es exuberante, sí, pero también es antigua. Hay una energía muy primitiva. No sé si es la luz, la manera en que se mueve el viento entre los árboles, o ese verde que parece que no se acabe nunca… pero todo te transporta.
Mientras caminaba por aquel valle, me venían a la cabeza fragmentos de la película sin querer. Escenas que recordaba perfectamente. Y me hacía gracia porque, al mismo tiempo, también me venían pensamientos muy míos: lo que significa viajar, lo que significa tener la suerte de poder estar allí, lo que significa cumplir una pequeña obsesión personal.
Hay gente que viaja para ver monumentos, otros para descansar, otros para comer. Yo tengo claro que, para mí, viajar también es esto: perseguir lugares que me provoquen algo. Y aquel lugar, en Oahu, me provocó mucho.
No era solo “Jurassic Park”. Era la sensación de tocar una parte de mi historia, de mi imaginación. Como si aquel niño que un día vio la película por primera vez y se quedó impresionado, ahora hubiera tenido su recompensa.
Lo que más me gustó fue que, a pesar de ser un lugar famoso, no lo viví como un parque temático. Lo viví como un lugar real, con una belleza real. Un espacio que no necesita ser “de Jurassic Park” para ser mágico. Pero que, para mí, lo era todavía más porque lo era.
Recuerdo que en un momento me giré y miré la montaña. Esa forma tan característica. Y me quedé pensando: cuánta gente ha visto esto en una película sin saber que existe de verdad. Y cuánta gente ha soñado con este paisaje sin saber que un día podría estar allí.
Yo ese día estaba allí. Y me sentí privilegiado.
Cuando me fui, me llevé una sensación extraña, como cuando terminas una película muy buena. Una mezcla de satisfacción y de pena porque se ha acabado. Pero también con una alegría muy tranquila, de esas que duran.
Oahu me regaló muchas cosas. Pero aquella visita… aquella visita fue especial.
Porque hay lugares que no solo visitas.
Hay lugares que te recuerdan quién eres.
Y ese trozo de Hawaii, para mí, siempre será eso: una puerta abierta a un recuerdo, a una emoción y a una parte de mi vida que todavía vibra cuando escucho las primeras notas de la banda sonora de Jurassic Park.
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